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La Independencia no convirtió inmediatamente a México en una potencia industrial. Sin embargo, permitió que el país comenzara a decidir sobre sus recursos, su comercio y el desarrollo de una producción nacional.
Cuando México consumó su Independencia en 1821 obtuvo algo fundamental para su futuro económico: la capacidad de formular sus propias políticas productivas. Durante el periodo colonial existían actividades manufactureras, talleres artesanales, obrajes textiles, minería, fundiciones y producción de alimentos. No obstante, estas actividades formaban parte de una economía organizada alrededor de los intereses de la Corona española. La Independencia modificó esa relación. Por primera vez, el nuevo país podía establecer sus propios aranceles, decidir qué mercancías importar, buscar inversiones y promover industrias nacionales. Pero el proceso comenzó en condiciones muy difíciles.
UN PAÍS INDEPENDIENTE, PERO ECONÓMICAMENTE DEBILITADO
La guerra desarrollada entre 1810 y 1821 dañó la agricultura, la minería, el comercio y las manufacturas. También provocó pérdida de capital, abandono de instalaciones productivas y afectaciones en caminos y rutas comerciales. La industria textil fue una de las actividades más golpeadas. De acuerdo con una investigación del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Oaxaca había contado con aproximadamente 500 telares de algodón antes de la Independencia, pero en 1827 solamente permanecían 50 en funcionamiento. La apertura del comercio exterior tampoco benefició inmediatamente a todos los productores mexicanos. Las telas importadas, especialmente las británicas, llegaban con mejores precios y comenzaron a desplazar a numerosos talleres nacionales. Por eso, la Independencia debe entenderse como el inicio de una posibilidad industrial, no como una industrialización automática.
SOBERANÍA PARA DISEÑAR UNA POLÍTICA INDUSTRIAL
El beneficio más importante fue que México adquirió la capacidad jurídica y política para construir su propio modelo económico.
El nuevo Estado podía:
• Establecer relaciones comerciales con otras naciones.
• Importar maquinaria y conocimientos técnicos.
• Aplicar aranceles para proteger determinadas manufacturas.
• Buscar capital nacional y extranjero.
• Financiar proyectos productivos.
• Impulsar industrias capaces de transformar materias primas mexicanas.
Esto abrió un debate que continúa vigente: ¿México debía importar productos más baratos o proteger a sus fabricantes mientras desarrollaban la capacidad para competir? La respuesta de algunos dirigentes fue impulsar directamente la industria nacional.
EL BANCO DE AVÍO Y EL PRIMER ESFUERZO INDUSTRIAL DEL ESTADO
En 1830, por iniciativa de Lucas Alamán, se creó el Banco de Avío. Fue una institución financiada por el Estado para otorgar crédito, facilitar la adquisición de maquinaria y promover la modernización de las manufacturas, principalmente de la industria textil.
El banco buscaba resolver uno de los principales obstáculos del México independiente: los artesanos y empresarios nacionales no contaban con suficiente capital ni tecnología para competir con los productos europeos.
Además de financiar proyectos, promovió la incorporación de maquinaria moderna, la enseñanza técnica y la organización de empresarios industriales.
Una investigación de la UNAM señala que en 1837 funcionaban cuatro fábricas de hilados de algodón equipadas con maquinaria moderna. Para 1840 ya eran 17. En Puebla, los telares mecánicos pasaron de aproximadamente 60 en 1838 a 540 en 1843.
Eran avances todavía modestos, pero mostraban el inicio de una transformación: parte de la producción comenzaba a pasar del taller artesanal a la fábrica mecanizada.
LA INDUSTRIA COMO GENERADORA DE VALOR
La visión industrial de aquella época no se limitaba a fabricar telas. También proponía que México dejara de exportar únicamente materias primas y desarrollara la capacidad de transformarlas dentro del país.
La manufactura podía conectar a la agricultura, la minería, el transporte y el comercio; generar empleos y permitir que una mayor parte del valor económico permaneciera en territorio nacional.
Ese principio conserva vigencia más de dos siglos después: un país fortalece su economía cuando no solamente extrae o exporta recursos, sino que también desarrolla tecnología, proveedores, talento y procesos para transformarlos.
ENTONCES, ¿CUÁL FUE EL VERDADERO BENEFICIO?
La Independencia no resolvió los problemas productivos de México. El país todavía enfrentó durante décadas inestabilidad política, falta de infraestructura, escasez de capital, conflictos militares y una fuerte competencia extranjera.
Su aportación histórica fue otra: hizo posible que México comenzara a construir instituciones, políticas y empresas orientadas a una producción propia.
La Independencia política abrió el camino hacia la independencia económica, aunque alcanzarla resultaría mucho más complejo.
La industria mexicana no nació en un solo momento. Se construyó mediante talleres, fábricas, inversión, tecnología, aprendizaje y decisiones públicas que comenzaron a tomarse desde los primeros años de la nueva nación.
La Independencia le dio a México la facultad de decidir su rumbo. La industrialización comenzó cuando el país intentó convertir esa soberanía en capacidad productiva.
Fuentes consultadas
• Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
• Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM: Mercados en asedio
• UNAM: La crisis de México en el siglo XIX
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